El tesoro después del terremoto
Una comunidad unida es todo lo que el mundo necesita.
El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 a. m., la Tierra decidió despertarnos con fuerza y, en menos de dos minutos, todo lo que percibíamos como realidad dejó de serlo. Nuestras vidas hicieron pausa y cambiaron para siempre.
Pero este no es un blog para hablar de la tragedia. De eso ya se ha escrito mucho. Hoy quiero hablar de todas las cosas mágicas y extraordinarias que han pasado estas semanas y que han podido ser invisibles a los ojos de algunos.
En medio de la incertidumbre y con ganas de hacer algo por aquellos amigos, familiares y hermanos de esta tierra llamada Colombia que inesperadamente fueron golpeados por el desastre, millones de personas se levantaron de su lugar seguro y salieron a ayudar. Con el corazón estrecho, amarraron su propia ansiedad, acallaron el temor y, con amor, alimentaron a aquellos que se sentían perdidos en las calles. Con valentía levantaron a mano limpia los escombros de casas donde nunca entraron; limpiaron, curaron y abrazaron a desconocidos como si fueran hermanos. Madres y abuelas cocinaron sopas que curaron almas; amigos ofrecieron refresco en un vaso de agua de panela fría y alivio en una taza de café con pan.
Algunos compartieron mucho y otros, lo poco que tenían, pero al final nada es poco, porque tan solo una conversación profunda, un gesto amoroso, acompañar en silencio o escuchar de verdad pueden lograr, por un momento, dar esperanza a esa vida maltrecha que siente haberlo perdido todo.
Así que detrás de las noticias grises, el drama y el caos, también se levantaba una nueva humanidad, o eso es lo que yo deseo ver: una humanidad a la que dejó de importarle tener la razón en medio de tanta división o necesitar demostrar quiénes son los buenos y quiénes los malos; una humanidad que comparte propósitos, que se alimenta de que a todos nos vaya bien; una humanidad que por fin decidió cumplir la que, para mí, es nuestra única misión en esta tierra: “servir a otros”.
La comunidad de Garaje Analógico hace parte de esa humanidad: personas extraordinarias que, con el corazón, unieron fuerzas para llevar ayuda a lugares lejanos y olvidados de nuestro territorio. Una comunidad movida por una pasión que pareciera no tener nada que ver con la ayuda humanitaria terminaría por aliviar la tragedia de cientos de familias en el Valle del Cauca, departamento que concentra el 65 % de los daños a nivel nacional en el terremoto.
Pero déjenme contarles cómo todo esto sucedió.
Al llegar la noche de ese lunes que nunca olvidaremos, debo confesar que, llena de desesperación y angustia, me preguntaba: ¿qué hacer? Sentía que la única forma de agradecer a Dios por estar vivos y a salvo era ayudando a otros que no tuvieron la misma suerte.
En familia empezamos a recolectar ayuda y tocamos a la puerta de la comunidad, que respondió de forma inmediata. Con tan solo un volante, pero muchos deseos de contribuir, se multiplicaron los recursos y, en menos de dos días, habíamos creado una red de voluntarios que, con su gestión, ideas y tiempo, recolectaban, verificaban, priorizaban necesidades y entregaban las ayudas a un ritmo incansable.
Equipamos grupos de ayuda en zonas de rescate, que no eran más que vecinos con voluntad de ayudar. Entregamos kilos de comida y cientos de elementos de albergue a los caleños.
Increíblemente, conocí a más personas en una semana que en toda mi vida. No había imposibles, ni dudas, ni incapacidad, ni pena de pedir favores; solo deseo de HACER. No se trataba de nosotros ni de nuestras emociones, sino de los otros, de las personas que necesitaban ser salvadas o devueltas a un lugar seguro. A veces, en un calor sofocante y, otras veces, en medio de una lluvia triste que los dejaba a la intemperie. Como pueden ver, las necesidades cambiaban minuto a minuto.
En busca de recursos, entablamos nuevas conexiones y cientos de conversaciones con personas desconocidas en todo el país que ningún networking podría ofrecernos. Todos con un mismo objetivo y sin ningún protocolo para confiar. Las personas prestaban sus vehículos, herramientas, viviendas, cocinas, etc., para facilitar la labor de aquellos que estábamos en terreno haciendo todo lo que podíamos.
Allí, en la sucursal del cielo, mi Cali bella, que por estos días decidió hacer florecer sus guayacanes para amenizar un poco el paisaje, todo se seguía sintiendo como poco. Necesitábamos avanzar más, así que, con la iniciativa de mi esposo Steve y nuestro increíble equipo, utilizamos Carros y Tinto como plataforma: un espacio que ocurre en el Parque San Felipe de Bogotá un domingo al mes, donde amigos y apasionados por los carros se encuentran a las 7 de la mañana alrededor de un café y una buena conversación para hablar de lo que más les gusta: “los carros”. Pero esta vez esa cita los reunía para compartir algo más: buena vibra y amor a otros a través de sus donaciones.
La logística estuvo a cargo de nuestra bella familia, que no solo empacó cajas, sino que escribió cartas y dejó mensajes de aliento, bondad y amor para aquellos que estaban a kilómetros. Colegas se sumaron y convocaron a través de sus redes; amigos del gremio enviaron vehículos sin costo para viajar con las ayudas y otros nos hicieron espacio en sus negocios para recibir toda esta historia.
Esa mañana de domingo más de 140 carros llegaron a la cita. Rostros nuevos y conocidos trajeron sus bodegas repletas de almohadas, elementos de aseo, cobijas, alimentos, pañales, ollas, ropa nueva, sillas y mesas que iban directo a entregar dignidad y alegría a ese pueblo que lejos se ve, a mi pueblo natal…
El objetivo era llegar a los que no habían podido ser vistos ni escuchados, así que conseguimos aliados y recorrimos caminos desafiantes para llegar a municipios y veredas en medio de las montañas. Allí, cosas extraordinarias siguieron ocurriendo: líderes sociales de esas comunidades apartadas emergían para ayudarnos a enfocar las ayudas de manera eficiente. Sorprendentemente, estas personas conocían cada historia, cada familia, cada necesidad. Encontramos verdaderos líderes que no tenían un trabajo, sino una vocación por servir, por su pueblo, por su gente.
Llegamos a cada rincón que pudimos o a donde la naturaleza nos lo permitió y las llantas aguantaron. Veredas como Bellavista, Puente Palo, La Virgen y Cristales, pertenecientes al municipio de Dagua, Valle, nos recibieron con alegría. Los campesinos de la zona, llenos de agradecimiento, nunca se quejaron de la situación, del Gobierno o de las instituciones. Para ellos, todo fue “bendición”.
Encontramos abuelas en la intemperie y familias enteras entre los escombros que se quedaron sin nada, pero, a pesar de eso, no había lágrimas ni tristeza, solo esperanza y ganas de seguir adelante. La población de esos territorios, en su mayoría adultos mayores, solo nos brindó abrazos, sonrisas, lecciones y mucho que aprender.
El equipo de voluntarios de esta misión, conformado por mi familia que nunca me abandona y me sigue la cuerda en todas las locuras, caminó y cargó cuesta arriba y sin poner pereque abrigo y alimentos hasta las fincas donde los abuelitos no podían cargar solos. En medio de las plataneras dejamos semillas para seguir soñando y volver a construir.
Y si aún están preguntándose dónde está el tesoro que encontré, déjenme decirles que lo han podido sentir en cada palabra de este escrito, porque realmente esta no es la historia de un terremoto, es la historia de la humanidad que DECIDIMOS SER ante este evento.
El regalo está en la certeza que cuando nos unimos para servir, podemos lograr lo extraordinario y es por ello por lo que creo necesario hacernos algunas preguntas: ¿qué pasaría si nuestra conciencia fuera más colectiva y menos individual? ¿Cómo sería nuestra vida si tuviéramos la fuerza y la determinación con la que nos hemos movilizado a ayudar? ¿Cuáles son los retos que, como sociedad, tenemos que asumir con la misma valentía y responsabilidad?
No me queda más que agradecer a todos los que con el corazón, se sumaron a esta misión, que no para, sino que debe fortalecerse.
Hoy celebramos todo lo que pudimos dar y agradecemos el tesoro que encontramos en el camino, porque realmente fuimos nosotros quienes recibimos más de lo que imaginamos.
Pao Ortiz.
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